domingo, 9 de diciembre de 2012


«Siempre le asombró eso, lo mucho que todos saben de la felicidad y lo poco que esa ciencia les aprovecha para poner remedio a sus desdichas»

«Y luego estaban los profesores. Había que verlos. Unos parecían descorazonados, otros cansados o aburridos, otros lo confiaban todo a la severidad y a la eficacia, y otros fingían un dinamismo que quería ser sincero y contagioso pero que a Lino le recordaban a esos payasos de circo que, de pueblo en pueblo, se esfuerzan cada noche en divertir a la concurrencia porque no tienen otra opción, porque ese es su oficio y en él han de poner lo mejor de su talento, de su pasión, de sus a veces escasas energías. Parecían buhoneros yendo y viniendo con sus fardos de sabiduría a cuestas, subiendo y bajando por valles y collados, escaleras arriba, escaleras abajo, a campo través por los pasillos. Y si eran dignos de admiración también daba un poco de lástima el verlos allí, adultos y sabios como eran, y algunos ya viejos, mezclados siempre con los muchachos, condenados a convivir con la incansable, y cansina, y bullanguera juventud. Una tarde vio a un profesor en la calle y le causó una enorme extrañeza que caminase entre la gente como si fuera un ciudadano normal, uno más entre todos. Le pareció un impostor, alguien que se cuela de rondón en una fiesta a la que no ha sido invitado»
             
Luis Landero, Absolución, Barcelona, Tusquets, 2012

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