«Siempre le asombró eso, lo mucho que todos saben de la
felicidad y lo poco que esa ciencia les aprovecha para poner remedio a sus
desdichas»
«Y luego estaban los profesores. Había que verlos. Unos
parecían descorazonados, otros cansados o aburridos, otros lo confiaban todo a
la severidad y a la eficacia, y otros fingían un dinamismo que quería ser
sincero y contagioso pero que a Lino le recordaban a esos payasos de circo que,
de pueblo en pueblo, se esfuerzan cada noche en divertir a la concurrencia
porque no tienen otra opción, porque ese es su oficio y en él han de poner lo
mejor de su talento, de su pasión, de sus a veces escasas energías. Parecían
buhoneros yendo y viniendo con sus fardos de sabiduría a cuestas, subiendo y
bajando por valles y collados, escaleras arriba, escaleras abajo, a campo
través por los pasillos. Y si eran dignos de admiración también daba un poco de
lástima el verlos allí, adultos y sabios como eran, y algunos ya viejos,
mezclados siempre con los muchachos, condenados a convivir con la incansable, y
cansina, y bullanguera juventud. Una tarde vio a un profesor en la calle y le
causó una enorme extrañeza que caminase entre la gente como si fuera un
ciudadano normal, uno más entre todos. Le pareció un impostor, alguien que se
cuela de rondón en una fiesta a la que no ha sido invitado»
Luis Landero, Absolución, Barcelona, Tusquets, 2012
No hay comentarios:
Publicar un comentario