miércoles, 8 de marzo de 2017

No, no vengo a hablar del Día de la Mujer ni de la Violencia contra las mujeres.
          
Ya lo hice esta mañana donde debía, en el instituto.
                
Vengo a hablar de un libro. No, no del mío, aunque todos sean un poco nuestros cuando son como este; libros que te obsesionan porque intuyes en ellos algo que está, profundamente, en ti.
                 
Es un libro de 338 páginas más una Bibliografía (caprichosamente razonada, según el autor). Cuento esto para justificar lo que sigue: lo he terminado hoy, lo empezaré mañana. De nuevo. Porque, a pesar de la pasión con la que lo he leído y los subrayados, notas, apuntes y búsquedas que he realizado a partir de él, hay muchas cosas que se me escapan.
                         
Y no quiero que se me escapen. Las siento urgentes, imprescindibles. Pero es que, además, Santiago Alba Rico escribe bien. Tal vez porque piensa bien. Sí, seguro que es eso. Pero me viene a la mente algún autor que... en fin, la teoría se me tambalea, pero no para Alba Rico...
                       
El libro se titula Ser o no ser (un cuerpo). Javier me lo regaló por mi cumpleaños. Creo que, con cincuenta y tres años, ya es tiempo de afrontar determinadas cuestiones como las que plantea el libro...
                
Lo comentaré más despacio según lo relea (son tantos los temas tratados y el desarrollo tan hermoso, profundo y delicado al tiempo...)
                            
Pero hoy he querido escribir esta entrada para transcribir el final del libro... Sí, les destripo el final (como dijo don Teo un día que le recriminamos que nos contara el final de una novela: lo nuestro es un ejercicio intelectual...)
                       
Porque mañana hay huelga en la educación.
               
Este es el final:
                      
«La única conexión narrativa entre la niña del pelo rojo y el Derecho es la escuela pública. Es el único “nosotros” al mismo tiempo metonímico y metafórico, intelectual y espacial, en el que el “yo” tiene la oportunidad de ser algo más que un clon del de sus padres y transformarse, metamorfosearse, en un relato humano de libertad y compromiso —y no en un pobre cerdito que va a venderse a sí mismo al mercado—. Sólo esa combinación de pedagogía libre y promiscuidad social —promiscuidad de clase y de origen nacional— puede garantizar que el placer pugnaz del fútbol y la emoción narrativa de las costumbres y tradiciones no sean incompatibles con el derecho universal a los cuidados y a la fuga pronominal; sólo ella puede garantizar además que esa compatibilidad entre Nación y Derecho no repose en un pasaporte discriminatorio, sino en la propia fragilidad del hombre. ¿Cómo se hace un “español”? Primero hay que hacer seres humanos, fruto de esa ramita extrema del arbusto bacteriano. Los hacen las madres de todos los sexos, los tejedores, los enamorados y los maestros; esos maestros sin los cuales ni este libro ni su autor habrían sido posibles y a los que, en consecuencia, quiero dedicar estas reflexiones que llegan aquí, con dolor y con esperanza, a su punto final.»
                           
Santiago Alba Rico, Ser o no ser (un cuerpo), Barcelona, Seix Barral, 2017
 
 

domingo, 12 de febrero de 2017

Hace treinta y tres años que

No es fácil ser cronopio. Lo sé por razones profundas, por haber tratado de serlo a lo largo de mi vida; conozco los fracasos, las renuncias y las traiciones. Ser fama o esperanza es simple, basta con dejarse ir y la vida hace el resto. Ser cronopio es contrapelo, contraluz, contranovela, contradanza, contratodo, contrabajo, contrafagote, contra y recontra cada día contra cada cosa que los demás aceptan y que tiene fuerza de ley. Y si ser cronopio es difícil e intermitente, igualmente difícil es representar a los cronopios, dibujarlos o esculpirlos. Muy pocas veces he visto imágenes ante las cuales se pudiera decir: "Buenas salenas, cronopio cronopio". El club (el de Estocolmo) me envió hace mucho los dibujos de un niño llamado Miguel; ese niño había visto, estaba del lado de ellos. Y cuando Pablo Neruda fue a Estocolmo para recibir el premio Nobel, el club le regaló un cronopio de felpa roja que Pablo guardó siempre con amor y celebró en un mensaje que ya he citado en otra parte pero que repetiré aquí: ¡Cronopios de todos los países uníos! Contra los tontos, los dogmáticos, los siniestros, los amarillos, los acurrucados, los implacables, los microbios. ¡Cronopios! ¡De frente, marchen!
                             
Julio Cortázar, "Un cronopio en México", en Papeles inesperados, Madrid, Alfaguara, 2009 (publicado inicialmente en El Sol de México en 1975)