«Te equivocas —contestó el malvado ser—, pero, en vez de
amenazarte, estoy dispuesto a razonar contigo. Soy un malvado porque no soy
feliz; ¿acaso no me desprecia y odia toda la humanidad? Tú, mi creador,
quisieras destruirme y lo llamarías triunfar. Recuérdalo y dime, pues, ¿por qué
debo tener yo para con el hombre más piedad de la que él tiene para conmigo? No
sería para ti un crimen si me pudieras arrojar a uno de esos abismos y destrozar
la obra que con tus propias manos creaste. ¿Debo, pues, respetar al hombre
cuando éste me condena? Que conviva en paz conmigo y yo, en vez de daño, le
haría todo el bien que pudiera, llorando de gratitud ante su aceptación. Mas
no, eso es imposible; los sentidos humanos son barreras infranqueables que
impiden nuestra unión. Pero mi sometimiento no será el del abatido esclavo. Me
vengaré de mis sufrimientos; si no puedo inspirar amor, desencadenaré el miedo;
y especialmente a ti, mi supremo enemigo, por ser mi creador, te juro odio
eterno. Ten cuidado: me dedicaré por entero a la labor de destruirte y no
cejaré hasta que te saque el corazón y maldigas la hora en que naciste»
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