lunes, 18 de abril de 2016

Ecuador


«El viento de la tarde refrescó la cara del indio. Sus ojos pudieron ver por breves momentos de nuevo la vida, sentirla como algo... "Qué carajuuu", se dijo. Apretó al muchacho bajo el sobaco, avanzó hacia afuera, trató de maldecir y gritó, con grito que fue a clavarse en lo más duros de las balas:
--¡Ñucanchic huasipungooo!
Luego se lanzó hacia adelante con ansia por ahogar a la estúpida voz de los fusiles. En coro con los suyos, que les sintió tras él, repitió:
--¡Ñucanchic huasipungo, carajo!
De pronto, como un rayo, todo enmudeció para él, para ellos. Pronto, también, la choza terminó de arder. El sol se hundió definitivamente. Sobre el silencio, sobre la protesta amordazada, la bandera patria del glorioso batallón flameó con ondulaciones de carcajada sarcástica. ¿Y después? Los señores gringos.
Al amanecer, entre las chozas deshechas, entre los escombros, entre las cenizas, entre los cadáveres tibios aún, surgieron, como en los sueños, sementeras de brazos flacos como espigas de cebada que, al dejarse acariciar por los vientos helados de los páramos de América, murmuraron en voz ululante de taladro:
--¡Ñucanchic huasipungo!
--¡Ñucanchic huasipungo!»
 
Ñucanchic: nuestro.
Huasipungo: parcela de tierra que otorga el dueño de la hacienda a la familia india por parte de su trabajo diario.

No hay comentarios:

Publicar un comentario