miércoles, 30 de enero de 2013

M me regaló hace tiempo una bonita edición de la poesía de Claudio Rodríguez, bastante desconocida para mí. Comencé a echarle un vistazo en diciembre y algunos poemas me pinzaron zonas a las que no podría poner nombre, ¡y de qué manera!... Esta tarde lo he retomado y estaba pensando copiarles este poema cuando he entrado en el feis y un amigo informa de que hoy Claudio Rodríguez hubiera cumplico setenta y nueve años... Pues... ¡Felicidades, maestro!
 
I
 
Es el tiempo, es el miedo
los que más nos enseñan
nuestra miseria y nuestra riqueza.
Miedo encima de un cuerpo,
miedo a perderlo,
el miedo boca a boca.
Miedo al ver esta tierra
vieja y rojiza, como tantas veces,
metiendo en ella el ritmo de mi vida,
desandando lo andado,
desde Logroño a Burgos. Para que no huya,
para que no descanse y no me atreva
a declarar mi amor palplable, para
que ahora no huela
el estremecimiento, que es casi inocencia,
del humo de esas
hogueras de este otoño,
vienes tú, miedo mío, amigo mío,
con tu boca cerrada,
con tus manos tan acariciadoras,
con tu modo de andar emocionado,
enamorado, como si te arrimaras
en vez de irte.
 
Quiero verte la cara
con tu nariz lasciva,
y tu frente serena, sin arrugas,
agua rebelde y fría,
y tus estrechos ojos muy negros y muy redondos,
como los de la gente de estas tierras.
 
Pequeño de estatura, como todos los santos,
algo caído de hombros y menudo
de voz, de brazos cortos, infantiles,
zurdo,
con traje a rayas, siempre muy de domingo,
de milagrosos gestos y de manos
de tamaño voraz.
 
Qué importa tu figura
si estás conmigo ahora respirando, temblando
con el viento del Este.
Y es que en él hallaríamos el suspiro inocente,
el poderío de las sensaciones,
la cosecha de la alegría junto a la
del desaliento.
 
II
 
Es el miedo, es el miedo.
Ciego guiando a otro ciego,
miedo que es el origen de la desconfianza,
de la maldad, pérdida de la fe,
burla y almena. Sí, la peor cuña:
la de la misma madera. Mas también es arcilla
mejorando la tierra.
 
Coge este vaso de agua y en él lo sentirás
porque el agua da miedo al contemplarla,
sobre todo al beberla, tan sencilla
y temerosa y misteriosa, y nueva, siempre.
Toca este cuerpo de mujer, y
temblarás, al bersarlo sobre todo,
porque el cuerpo da miedo al contemplarlo
y aún más si se le ama, por tan desconocido.
Y aún más si se entra en él y en él se oye
la disciplina de las estrellas,
ahí, en el sobaco sudoroso,
en los lunares centelleantes junto
al sexo.
Abre esa puerta, ciérrala:
ahí, en sus goznes, hallarás tu vida
que hoy es audacia y no,
como otras veces, cobardía ante
el estéril recuerdo y el olvido,
tan adulador.
Anda por esas calles
cuando está amaneciendo y cuando el viento
presagia lluvia, muy acompañado
de esta grisácea luz pobre de miembros
y que aún nos sobrecoge
y da profundidad a la respiración.
 
¿Nunca secará el sol
lo que siempre pusimos
al aire: nuestro miedo,
nuestro pequeño amor?
 
Tan poderoso como la esperanza
o el recuerdo, es el miedo,
no sé si oscuro o luminoso, pero
nivelando, aplomando, remontando
nuestra vida.
 
III
 
Vamos, amigo mío, miedo mío.
Mentiroso como los pecadores,
ten valor, ten valor.
Intenta seducirme
con dinero, con gestos,
con tu gracia acuciante en las esquinas
buscando ese sombrío y fervoroso
beso,
ese abrazo sin goce,
la cama que separa, como el lino,
la caña de la fibra.
Quiero verte las lágrimas,
aunque sean de sidra o de vinagre,
nunca de miel doméstica.
Quiero verte las lágrimas
y quiero ver las mías,
estas de ahora cuando te desprecio
y te canto,
cuando te veo con tal claridad
que siento tu latido que me hiere,
me acosa, me susurra, y casi me domina,
y me cura de ti, de ti, de ti.
 
                                               Perdón, porque tú eres
amigo mío, compañero mío.
Tú, viejo y maldito cómplice.
¿El menos traicionero?
 
Claudio Rodríguez, «Cantata del miedo» (del poemario El vuelo de la celebración), en Poesía completa (1953-1991), Barcelona, Círculo de lectores, 2004

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