miércoles, 26 de octubre de 2011

«A pesar de que Marilyn está contenta con la vida independiente que lleva, todavía desea encontrar a un hombre que le solucione los problemas, que sea la pared en la que sostenerse, la mano en que apoyarse. Fred Karger, el chico rubio, mucho más joven y apuesto que Schenk y sus secuaces, dulce y amable, que ensaya con Marilyn las canciones para la película, es ahora el enésimo hombre “perfecto” para ella. Y también será su primer gran amor. Marilyn está completamente enamorada, tartamudea cuando lo ve, se queda sin respiración, se le saltan las lágrimas, y cuando él, casualmente, le roza la mano, las rodillas le tiemblan. “Una noche, después de llevar a su hijo a la cama, se puso a tocar el piano para mí. Estuvo tocando durante mucho rato y de pronto hizo algo que me llegó al corazón: para ver mejor las notas se puso las gafas. No le había visto nunca con gafas… y en ese momento… aquello me superó. Dejó de tocar, se sacó las gafas, se acercó a mí, me abrazó y me besó. Yo cerré los ojos y allí empezó una nueva vida.” Cuando la realidad se identifica con el cine resulta trágico. Fin fundido en negro»
Christa Maerker, Marilyn Monroe y Arthur Miller (traducción de Marta Pascual), Barcelona, Muchnik, 2001

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