
Hace poco, me invitaron a pasar la Semana Santa en Sevilla y yo utilicé la fórmula que utilizo cuando me proponen un viaje que me da miedo o rabia (sólo con viajes, sí): «A mí no se me ha perdido nada en Sevilla»... Y es verdad, aunque no toda: supongo que, como a todo el mundo, algo se me perdió en Sevilla como en cualquier otra parte del mundo. De ahí el desasosiego: tener que andar de acá para allá en busca de fragmentos diseminados por doquier... Pero, bueno, el asunto es que intentaban convencerme diciéndome que es emocionante... Claro que es emocionante, ya lo sé. Precisamente ése es el motivo principal por el que no quiero ir. Porque... ¿desde dónde es emocionante? Desde la parte más irracional del ser humano: muchedumbre, nervios, oscuridad, luz de velas, penitentes, mantillas... ¡Mantillas! Rosarios... ¡Rosarios!... Tacones, guardiaciviles, cadenas... ¡Cadenas! Cadenas alrededor de los cuerpos, fajas de esparto alrededor de las cinturas... Tambores, olor de incienso. ¡Claro que es emocionante! Todo eso lleva a un «estado de enajenación» (y conste que yo no tengo nada en contra de los «estados de enajenación» transitorios ni crónicos). Es tan sólo que a mí, desde pequeña, las procesiones me dan miedo. A lo mejor en otra vida me quemaron por bruja o algo y es ver las capuchas y ¡una emoción!... Terrible. Es tal la emoción que yo creo que esas gentes, transportadas como están a un estado de tan profunda conmoción, son capaces de cualquier cosa... Y encima este año con el lazo blanco en contra de la ampliación de la ley del aborto... En fin. Que lo de Sevilla otra vez será...
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