martes, 13 de enero de 2009

Me ha gustado La vida ante sí porque habla de amor. Un amor contado en primera persona, sin esquemas ni previsiones. Un amor que va viviendo; un amor al que vemos respirar en un aire viciado: con asma, como la señora Rosa. Con ceguera, como el señor Hamil. Amor vestido de fealdad y pasión con máscara de la violencia: la señora Lola —travesti ex-campeón de boxeo—: Boca di rosa senegalés y parisina. Dualidad completa: cuerpo y alma.

Protección, soledad, miseria y realidad conjugados en las palabras de un niño que vive así: «En la vida siempre se tiene pánico»; «Yo no sabía qué ocurría, menos aún que de costumbre, y eso da todavía más miedo»; «Yo hubiera preferido tener un padre que tener un héroe»; «Es siempre en los ojos donde la gente está más triste»; «Y es que tenía dentro cosas maravillosas que no podían expresarse y se quedaban en su corazón»; «Para tener miedo no hacen falta motivos, Momo»; «Aunque lo más difícil de curar no son las enfermedades»; «El señor Hamil es un gran hombre, pero las circunstancias no le han dejado llegar a serlo»; «Cuando uno no tiene al lado a nadie que le quiera, empieza a convertirse en grasa»; «Y es que a mí la felicidad no me tira. Sigo prefiriendo la vida»; «No creo en las cosas rarar, porque no veo qué pueden tener de diferente»; «La ley está para proteger a las personas que tienen algo que proteger de los demás»; «Cuando se es un crío, para ser alguien hay que ser muchos»; «Yo no voy a lamerle el cuelo a la vida para ser feliz. Yo a la vida no la maquillo, me cago en ella. No nos llevamos bien»; «A veces resulta hasta gracioso ver hasta qué punto se esfuerzan las coas por ser lo que son»...

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