domingo, 30 de junio de 2013


Oh, un terrible temor;
la alegría estalla
contra esos cristales es la oscuridad.
Pero esa alegría, que te hace cantar in voce
es un retorno de la muerte: a ver quién se ríe—
Detrás, bajo el recuadro del cielo ennegrecido
¡Reaparición telúrica!
No bromeo: que tú tienes experiencia
de un lugar que nunca he explorado, UN VACÍO
EN EL COSMOS
Es verdad que mi tierra es pequeña
Pero yo siempre he fabulado acerca de lugares inexplorados
con una cierta alegría, como si no fuera verdad
Pero tú estás aquí, in voce
La luna ha resurgido;
las aguas corren;
el mundo no sabe que es nuevo y su nueva jornada
acaba contra las altas cornisas y el negro del cielo
¿Quién hay en ese VACÍO DEL COSMOS,
que tú llevas en tus dedos y conoces?
Es el padre, sí, ¡él!
¿Tú crees que yo lo conozco? Oh, cómo te equivocas;
qué ingenuamente das por seguro lo que no lo es en absoluto;
basas todo el discurso, reanudado aquí, cantando,
en esta presunción que para ti es humilde
y, en cambio, no sabes cuán sobria es
ella lleva en sí los signos de la voluntad mortal de la mayoría—
La vista alegre de mí nunca descendido a los Infiernos
oculta
Y tú caes en la trampa
De lo que es realidad tú sólo conoces a aquel Hombre Adulto
o sea, lo que se debe conocer;
ella, la Mujer Adulta, que se quede en el Infierno
o en la Sombra que precede a la vida
y desde allí lance sus maleficios, sus encantamientos;
ódiala, ódiala, ódiala;
y si tú cantas y nadie te escucha, sonríe
sencillamente porque, por ahora, mientras tanto, eres victoriosa—
in voce, como una joven hija ávida
que, sin embargo, ha probado la dulzura;
París calca a tus espaldas un cielo bajo
con la trama de las remas negras, ya clásicas;
ésta es la historia—
Tú sonríes al Padre—
esa persona de la que yo no tengo ninguna información,
a la que traté en un sueño que, evidentemente, no recuerdo—
¡Qué extraño! De ese monstruo de autoridad
procede también la dulzura
aunque sólo sea como resignación y breve victoria;
¡Caray! ¿Cómo pude ignorarlo hasta el punto de no saber nada de él?—
¿Qué hacer?
Tú das, repartes dones, necesitas dar,;
pero tu don te lo dio Él, como todo;
y es una Nada el don de Nadie;
yo finjo que recibo;
te lo agradezco, sinceramente agradecido;
Pero la débil sonrisa huidiza
no es de timidez,
es la zozobra, más terrible, mucho más terrible
de tener un cuerpo separado en los reinos del ser—
si es una culpa
si no es más que un accidente: pero en lugar del Otro
para mí hay un vacío en el cosmos
un vacío en el cosmos
y desde allí tú cantas

Pier Paolo Pasolini, «¿Temor de mí?», en Transhumanar y organizar (traducción de Ángel Sánchez-Gijón), Madrid, Visor, 2002 (2ª edición)

 

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