miércoles, 16 de enero de 2013

Alegría buzonera: llegar a casa, abrir el buzón y encontrar un sobre. Subir la escalera palpándolo, intentando adivinar por su peso, por su forma, incluso por su olor, lo que contiene. Desear que también vengan letras, letras de alguien que se ha preocupado de escribírtelas, además de meter los tesoros en un sobre, escribir tu dirección, ponerle sello, acercarse a correos...
 
Percibir (tal vez sin aceptar, o no del todo) la intensidad del compromiso, cierta conciencia de la belleza de sostener un legado...
 
Y alegría de coincidir.
 
E: estos no salen de casa. Todo lo más, un viaje andariego...

P: mis respetos. Gracias.
 
Y una estrofa (bueno, dos) de mi campamento base...
 
La revolución renace siempre, como un fénix
Llameante en el pecho de los desdichados.
Esto lo sabe el charlatán bajo los árboles
De las plazas, y su baba argentina, su cascabel sonoro,
Silbando entre las hojas, encanta al pueblo
Robusto y engañado con maligna elocuencia,
Y canciones de sangre acunan su miseria.
 
Por mi dolor comprendo que otros inmensos sufren
Hombres callados a quienes falta el ocio
Para arrojar al cielo su tormento. Mas no puedo
Copiar su enérgico silencio, que me alivia
Este consuelo de la voz, sin tierra y sin amigo,
En la profunda soledad de quien no tiene
Ya nada entre sus brazos, sino el aire en torno,
Lo mismo que un navío al alejarse sobre el mar.
 
El poema se titula «La visita de dios» y pertenece a Las nubes (1937-1940)
 
 

 

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