«Siempre acaban igual los
discutidores y los borrachos. Al día siguiente, sólo conservan un recuerdo
borroso y hecho pedazos. Están avergonzados, no saben lo que han llegado a
hacer o decir. Temen las consecuencias de actos que han olvidado, pero aún les
asusta más acordarse de repente de algo que les haga bajar la cabeza. Su única
defensa es el rencor hacia el otro, el compañero de juerga, el que tuvo la
culpa. Porque siempre ha sido otro el que les ha empujado a beber, a discutir,
a perder el control, a empecinarse y a no ceder un milímetro ni perdonar una
sola copa»
«Ninguna nostalgia tan dolorosa como
la que siente por la propia vida, esa que uno ha perdido por su mano, la que ha
sacrificado a la botella, a la avaricia, al malhumor o a las ganas invencibles
de tener razón»
Rafael Reig, Lo que no está escrito, Barcelona, Tusquets,
2012
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