lunes, 7 de septiembre de 2009

Al terminar de leer este fragmento, me he dado cuenta de lo poco que hemos avanzado respecto a nuestra posición respecto al capitalismo... En Sin city (altamente recomendable, en mi opinión) también el senador hace una reflexión acerca de cómo se convence al pueblo para que sea éste el que defienda los intereses de los amos (no por obligación, sino por convinción). Ergo...

«Perdieron la alegría de vivir, y la esperanza fue muriendo poco a poco, a medida que su trabajo se hacía más y más mecánico. A pesar de todo, aceptaron las nuevas condiciones, que incluso les produjeron nuevas satisfacciones. Al principio, odiaron a Gerald Crich y juraban que le harían algo malo, que le asesinarían. Pero con el paso del tiempo lo aceptaron todo con cierta resignada satisfacción. Gerald era su sumo sacerdote, el representante de la religión que los mineros realmente sentían. A su padre lo habían olvidado ya. Había un nuevo mundo, un nuevo orden, estricto, terrible, inhumano, pero satisfactorio a causa de su propio carácter destructivo. Los trabajadores estaban satisfechos de pertenecer a la grandiosa y maravillosa máquina, incluso mientras esa máquina les estaba aniquilando. Esa máquina era lo que querían. Era lo más alto que el hombre había producido, lo más maravilloso y lo más sobrehumano. Les entusiasmaba pertenecer a aquel grandioso y sobrehumano sistema que estaba más allá de cualquier sentimiento o de cualquier razón, que era algo realmente divino. El corazón de los obreros agonizaba, pero su alma estaba satisfecha».

D.H. Lawrence, Mujeres enamoradas, Barcelona, Debolsillo, 2006 (traducción de Andrés Bosch, prólogo de Belén Gopegui)

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