jueves, 16 de julio de 2009

El martes iba en el coche con Julia y su hija Manuela. Manuela lloraba con tristeza infinita (sólo los niños —y no hablo de edades— lloran así, para siempre...). El motivo era la pérdida de un ¿coletero?, ¿llavero?... En cualquier caso, uno de esos objetos que salen con los helados (Pokemon, que César se ha enterado para intentar curar este dolor). La mariposa pintada en su cara se deshacía y Manuela también estaba preocupada porque era consciente de que sus lágrimas arrastraban los colores. O sea, a sus 6 años, Manuela estaba en lo que se dice una situación de angustia... Entonces, Julia le dijo (se me quedó grabado en el hemisferio izquierdo del cerebro): «Hijita, no puedes llorar así por algo que has perdido porque no tiene ninguna relación lo que has perdido con el grado de tu sufrimiento»... Y la explicación, lógica, de Manuela, claro: «Pero es que me gustaba mucho...». Total: que ganaremos unos kilitos comiendo helados. Y que me reafirmo en mi idea de que tengo ángeles de la guarda: amigas sabias, oye...

2 comentarios:

  1. En realidad estabaenfadada conmigo por no haber recorrido todo el Zoo hasta encontrar el juguete que le había tocado con el helado y que era rosa.
    Me lo contó cuando llegamos a casa y, en castigo, se puso a ver la película que más me horroriza.
    El dolor por la pérdida es inevitable.
    Lo que Manuela me enseña cada día son maneras de compartirlo y superarlo.
    Mi ilusión es que ella pueda disfrutar de los helados y no utilizarlos para sepultar la angustia

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  2. ¡Y es que encima era rosa!...
    Lo dicho: amigas sabias como ángeles de la guarda...

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