Estoy en los últimos ejercicios de mi curso de Cine (no pienso cambiar esta mayúscula, me parece un lapsus caligráfico estupendo...) y trabajo sobre El nombre de la rosa, de Jacques Annaud. No puedo evitar ir al libro de Umberto Eco, claro, y a su ¿enigmático? final: «Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus» («de la primitiva rosa sólo nos queda el nombre, conservamos nombres desnudos [o sin realidad]»).
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