Mi padre me enseñó a manejar la hoz,
no quería que ella me diera de comer
pero me decía que en este mundo nunca se sabe.
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—quien tiene un pedazo de tierra y una hoz
no pasará hambre.
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Segué trigo, cebada, garbanzos...
mi dedo índice lo sabe,
un día estuvo a punto de acompañarlos dentro de una alpaca.
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Mi padre me enseñó a despreciar todo lo superfluo,
a no acumular, a ser sobrio,
a apreciar la riqueza que es vivir en austeridad.
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—cuanto más te cargues de cosas más te costará andar con ellas.
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Mi padre me enseñó a no discutir,
porque la razón navega por el centro de un río
y es imposible que no toque las dos orillas.
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—Aunque cada uno decide en qué orilla quiere estar,
invita amablemente a tu ribera.
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Mi padre me enseñó a hablar sólo lo imprescindible.
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—Cada vez que hables,
acompáñate de una palabra de afecto.
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Va por ti, padre,
este poema.
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Antonio Orihuela
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