lunes, 2 de marzo de 2009

¡Cómo me gusta ir a la biblioteca! A cualquier biblioteca. Hubo un tiempo, cuando preparaba la tesina, en el que Madrid se convirtió en un laberinto de bibliotecas: nacional, central, autónoma, csic, hispánica... Ahora apenas tengo tiempo... Hoy me he pasado la tarde en la Regional, que es un lugar fantasma. Me encanta porque está construida en el edificio que fue de cervezas El Águila... Yo creo que el ambiente todavía huele un poco a cebada. Mola.
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«Estaba tan roto por la vida como cualquiera que hubiese tenido, al menos por un instante, el coraje de vivir». (Ray Loriga, Ya sólo habla de amor)
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Algo parecido dijo la madre de Ícaro (el que cayó por acercarse demasiado al sol con unas alas de cera, el hijo de Dédalo —diseñador del Laberinto—). Se llamaba Náucrate (la madre) y era esclava del rey Minos. Cuando se enteró de que su hijo había muerto dijo algo así como que, al menos, él había tenido el sueño de volar muy, muy alto.
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Grecia, Egipto, Roma.. Alejandría... Por Kavafis. Este hermoso-hermoso poema que yo conocí gracias a Terenci Moix... Y entonces, ya puestos, por Terenci también. Por todos los que arriesgan la vida por la revolución o el amor (que, como bien sabemos y dijo el comandante Guevara, viene a ser lo mismo...). En fin, que el poema es de Kavafis y se titula «El dios abandona a Antonio». Se dirige a Antonio que, al mando de la flota egipcia, va a enfrentarse a la flota de Augusto en Accio. La derrota fue total y él se suicidó un año después... Cleopatra también.

Cuando de pronto se oiga, a medianoche

a un invisible tíaso pasar

con músicas fantásticas, con voces

tu suerte que declina, tus hazañas

que no fueron cumplidas, tus proyectos

que fueron todo errores, no los llores para nada.

Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,

dile por fin adiós a Alejandría que se marcha,

y sobre todo no te engañes y no vayas

a decir que fue un sueño, que se confundió tu oído.

No confíes en tales esperanzas vanas.

Como dispuesto de hace tiempo ya, valiente,

como te cuadra a ti, que tal ciudad te mereciste,

quédate inmóvil junto a la ventana

y escucha conmovido, pero no

medroso y suplicante como los cobardes,

como un placer postrero los sonidos,

los raros instrumentos del tíaso sagrado

y di por fin adiós a Alejandría que se marcha.

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