jueves, 24 de abril de 2014

Saber siempre de qué lado se está. Eso.

El poder financiero manda no sólo en México sino en el mundo. Los que lo resisten, montados en Rocinante y seguidos por Sancho Panza son cada vez menos. Me enorgullece caminar al lado de los ilusos, los destartalados, los candorosos. . . Discurso de Elena Poniatowska al recibir el Cervantes. Completo aquí.

miércoles, 23 de abril de 2014

Feliz Día del libro



«La nueva casa estaba casi terminada cuando Úrsula lo sacó de su mundo quimérico para informarle que había orden de pintar la fachada de azul, y no de blanco como ellos querían. Le mostró la disposición oficial escrita en un papel. José Arcadio Buendía, sin comprender lo que decía su esposa, descifró la firma.
̶¿Quién es este tipo? ̶preguntó.
̶El corregidor  ̶dijo Úrsula desconsolada̶. Dicen que es una autoridad que mandó el gobierno.
Don Apolinar Moscote, el corregidor había llegado a Macondo sin hacer ruido […] Su primera disposición fue ordenar que todas las casas se pintaran de azul para celebrar el aniversario de la independencia nacional. José Arcadio Buendía, con la copia de la orden en la mano, lo encontró durmiendo la siesta en una hamaca que había colgado en el escueto despacho. “¿Usted escribió este papel?”, le preguntó. Don Apolinar Moscote, un hombre maduro, tímido, de complexión sanguínea, contestó que sí. “¿Con qué dercho?”, volvió a preguntar José Arcadio Buendía. Don Apolinar Moscote buscó un papel en la gaveta de la mesa y se lo mostró: “He sido nombrado corregidor de este publo.” José Arcadio Buendía ni siquiera miró el nombramiento.
̶En este pueblo no mandamos con papeles ̶dijo sin perder la calma̶. Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir.
Ante la impavidez de don Apolinar Moscote, siempre sin levantar la voz, hizo un pormenorizado recuento de cómo habían fundado la aldea, de cómo se habían repartido la tierra, abierto los caminos e introducido las mejores que les habían ido exigiendo la necesidad, sin haber molestado a gobierno alguno y sin que nadie los molestara. “Somos tan pacíficos que ni siquiera nos hemos muestro de muerte natural”, dijo. “Ya ve que todavía no tenemos cementerio.” No se dolió de que el gobierno no los hubiera ayudado. Al contrario, se alegraba de que hasta entonces los hubiera dejado crecer en paz, y esperaba que así los siguiera dejando, porque ellos no habían fundado un pueblo para que el primer advenedizo les fuera a decir lo que debían hacer. […]
̶De modo que si usted se quiere quedar aquí, como otro ciudadano común y corriente, sea muy bienvenido ̶concluyó José Arcadio Buendía̶. Pero si viene a implantar el desorden obligando a la gente que pinte su casa de azul, puede agarrar sus corotos y largarse por donde vino. Porque mi casa ha de ser blanca como una paloma.
Don Apolinar Moscote se puso pálido. Dio un paso atrás y apretó las mandíbulas para decir con una cierta aflicción:
̶Quiero advertirle que estoy armado.
José Arcadio Buendía no supo en qué momento se le subió a las manos la fuerza juvenil con que derribaba un caballo. Agarró a don Apolinar Moscote por la solapa y lo levantó a la altura de sus ojos.
̶Esto lo hago ̶le dijo̶ porque prefiero cargarlo vivo y no tener que seguir cargándolo muerto por el resto de mi vida.
Así lo llevó por la mitad de la calle, suspendido por las solapas, hasta que lo puso sobre sus dos pies en el camino de la ciénaga».
Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Buenos Aires, Sudamericana, 1969, págs. 54-56


martes, 22 de abril de 2014

Eso

Varios profe, me acordé de ti que valen por todos los títulos de excelencia oficiales...

Y que espero que les sirvan para más, también.




«Los Buendía no eran capaces de amar, y ahí está el secreto de su soledad, de su frustración. La soledad, para mí, es lo contrario a la solidaridad»

domingo, 20 de abril de 2014

«Fermina Daza despidió a la mayoría junto al altar, pero acompañó al último grupo de amigos íntimos hasta la puerta de la calle, para cerrarla ella misma, como lo había hecho siempre. Se disponía a hacerlo con el último aliento, cuando vio a Florentino Ariza vestido de luto en el centro de la sala desierta. Se alegró, porque hacía muchos años que lo había borrado de su vida, y era la primera vez que lo veía a conciencia depurado por el olvido. Pero antes de que pudiera agradecerle la visita, él se puso el sombrero en el sitio del corazón, trémulo y digno, y reventó el absceso que había sido el sustento de su vida.
     ―Fermina ―le dijo―: he esperado esta ocasión durante más de medio siglo, para repetirle una vez más el juramento de mi fidelidad eterna y mi amor para siempre.
     Fermina Daza se habría creído frente a un loco, si no hubiera tenido motivos para pensar que Florentino Ariza estaba en aquel instante inspirado por la gracia del Espíritu Santo. Su impulso inmediato fue maldecirlo por la profanación de la casa cuando aún estaba caliente en la tumba el cadáver de su esposo. Pero se lo impidió la dignidad de la rabia. “Lárgate ―le dijo―. Y no te dejes ver nunca más en los años que te queden de vida.” Volvió a abrir por completo la puerta de la calle que había empezado a cerrar, y concluyó:
     ―Espero sean muy pocos.»
                            
Gabriel García Márquez, El amor en los tiempos del cólera, Barcelona, Mondadori, 1999 (6ª reimpresión)
 

Simbolismo

El cuaderno estaba en el almacén.

Conexiones

He perdido mi cuaderno.
Revisitando las cosas de Gabo, veo Gabriel García Márquez. La escritura embrujada (gracias, LaMoni), un documental de Yves Billon y Mauricio Martínez-Cavard  en el que empieza recitando unos versos de este poema de José Manuel Gutiérrez. Reto de aprenderlos...
       
Ahora que los ladros perran,
 ahora que los cantos gallan,
 ahora que albando la toca
 las altas suenas campanan;
 y que los rebuznos burran,
 y que los gorjeos pájaran
 y que los silbos serenan
 y que los gruños marranan
 y que la aurorada rosa
 los extensos doros campa,
 perlando líquidas viertas
 cual yo lágrimo derramas
 y friando de tirito
 si bien el abrasa almada,
 vengo a suspirar mis lanzos
 ventano de tus debajas.
 Tú en tanto duerma tranquiles
 en tu rega camalada
 ingratándote así burla
 de las amas del que te ansia
 ¡Oh, ventánate a tu asoma!
 ¡Persiane un poco la abra
 y suspire los recibos
 que esta pobra exhale alma!
 Ven, endecha las escuchas
 en que mi exhala se alma
 que un milicio de musicas
 me flauta con su compaña,
 en tinieblo de las medias
 de esta madruga oscurada.
 Ven y haz miradar tus brillas
 a fin de angustiar mis calmas.
 Esas tus arcas son cejos
 con que flechando disparas.
 Cupido peche mi hiero
 y ante tus postras me planta.
 Tus estrellos son dos ojas,
 tus rosos son como labias,
 tus perles son como dientas,
 tu palme como una talla,
 tu cisne como el de un cuello,
 un garganto tu alabastra,
 tus tornos hechos a brazo,
 tu reinar como el de un anda.
 Y por eso horo a estas vengas
 a rejar junto a tus cantas
 ¡y a suspirar mis exhalos
 ventano de tus debajas!

«Entonces Úrsula se rindió a la evidencia. “Dios mío”, exclamó en voz baja. “De modo que esto es la muerte.” Inició una oración interminable, atropellada, profunda, que se prolongó por más de dos días, y que el martes había degenerado en un revoltijo de súplicas a Dios y de consejos prácticos para que las hormigas coloradas no tumbaran la casa, para que nunca dejaran apagar la lámpara frente al daguerrotipo de Remedios, y para que cuidaran de que ningún Buendía fuera a casarse con alguien de su misma sangre, porque nacían los hijos con cola de puerto. Aureliano Segundo trató de aprovechar el delirio para que le confesara dónde estaba el oro enterrado, pero otra vez fueron inútiles las súplicas. “Cuando aparezca el dueño ―dijo Úrsula― Dios ha de iluminarlo para que lo encuentre.” Santa Sofía de la Piedad tuvo la certeza de que la encontraría muerta de un momento a otro, porque observaba por esos días un cierto aturdimiento de la naturaleza: que las rosas olían a quenopodio, que se le cayó una totuma de garbanzos y los granos quedaron en el suelo en orden geométrico perfecto y en forma de estrella de mar, y de que una noche vio pasar por el cielo una fina de luminosos discos anaranjados.
Amaneció muerta el jueves santo.»

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Buenos Aires, Sudamericana, 1969, págs. 290-291.

sábado, 19 de abril de 2014

Me acabo de acordar de que Úrsula Iguarán también murió un jueves santo...

Vida