lunes, 26 de septiembre de 2016

sábado, 24 de septiembre de 2016

Poligoneras festivaleras... A Getafe que nos fuimos.

            




Probablemente, los exámenes de reválida los corrijamos los profesores de la enseñanza pública en julio y así la administración se ahorrará los gastos en dietas de la selectividad. Entonces, la sociedad respirará tranquila.
 
 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Pregón de la Mercè. Javier Pérez Andújar: gracias


¡Ah, por cierto y al hilo de la entrada anterior!: no se pierdan el discurso (aquí) que Javier Pérez Andújar dio ayer para inaugurar las Fiestas de la Mercè en Barcelona.

Gracias de todo corazón.

¡Arriba el telón!

Vuelvo con tristeza de la BNE, donde he visto dos exposiciones con motivo de sendos centenarios: la dedicada a Antonio Buero Vallejo (Del dibujo a la palabra) y El centenario de un nobel. Un libro y toda la soledad, exposición sobre Camilo José Cela. Esta última es, con mucho, la mejor que he visto nunca en la Nacional. Pero... ¡qué pena! Ha sido visitar el cuchitril de la portera (lo sé bien, viví veinticuatro años en uno) y llegar después al Hermitage... Vuelvo, también, con rabia. Con mi vieja rabia de clase, ya sabéis. He copiado, para afirmarla, (la rabia, digo) un párrafo de una carta de CJC a Luis Cernuda cuando estaba en negociaciones con el mejor poeta de la G27 para publicar su obra en los Papeles de Son Armadans. Escribe el Nobel:
 
Este, contra todas las apariencias, no es un régimen fuerte; no pasa de ser un régimen de fuerza y, por fortuna, un tanto tosca.

Tal vez por esto...
 
Está fechada el 18 de agosto de 1958, aunque le hubiera venido mejor un mes antes.
 
Pero, como no hay mal que por bien no venga -y viceversa-, esta visita me ha reafirmado en mi idea de trabajar este año con mis chicos de Artes Escénicas una obra de
 
 
¡Arriba el telón!

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Hay poemas y poemas y después están los poemas. Este pertenece a la última clasificación.

MOMENTOS FELICES(De "De claro en claro", 1956)

Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
--el pitillo en los labios, el alma disponible--
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro --sé que todo es fiado--,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
"Estaba justamente pensando en ir a verte."
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?

lunes, 19 de septiembre de 2016