El sábado terminé La sirvienta y el luchador (y sí, me dio tiempo a poner la lavadora y esas cosas.
Venía yo tan aséptica y feliz de la lectura de Levadura de malicia, de Robertson Davies (muy recomendable lectura, por cierto), cuando el libro de Horario Castellanos Moya me ha hecho un boquete en el estómago con su prosa agresiva, mínima, brutal, como un navajazo, como imagino que debe de ser la quemadura de un disparo. Pero no sólo en el estómago, lo cierto es que la historia convulsiona la mente, el sentimiento…
Y el recuerdo. Porque una tiene las imágenes de la violencia que sufrió El Salvador en los años 80. El viernes, hablando con M, nos preguntábamos qué influencia tendría aquella violencia con la que actualmente desarrollan las maras y la inoculación de ese virus en una sociedad… ¿De dónde, por qué, cómo?... Porque es difícil creer en un pueblo cuya tendencia fundamental sea el asesinato (sobre todo cuando esta condición no es histórica…) por mucho que nos intenten convencer de ello. Las raíces de la lucha, en mi opinión, siempre tiene causas muy concretas y, si bien se rastrean, pueden señalarse (véase el documental colgado un poco mas abajo: La doctrina del shock…).
La sirvienta y el luchador narra la violencia de una sociedad que ha perdido absolutamente la libertad, la posibilidad de decidir sobre sus acciones. En un ambiente agresivo, nadie puede elegir: se deja llevar (lo que equivale, aquí, a matar: se deja matar) o actúa de forma violenta. No porque sea una defensa deja de ser terrible acabar con alguien… En ambos casos, pienso, perdemos. Porque los subversivos (me refiero siempre a la novela), los personajes que inician una revuelta contra el Estado, lo hacen en contra de las acciones de una oligarquía asesina y una sociedad que no sabe, no quiere o no puede hacerse cargo de lo que sabe que está ocurriendo… ¿Les suena de algo? Palestina, Irak, Guantánamo, Grecia…
Ningún personaje está a salvo. Las mujere siempre tienen el riesgo de ser violadas, los hombres de ser asesinados... Y sin embargo, el autor desliza de forma sutil (sutilísima, apenas perceptible) la narración de un tiempo en el que tal vez pudo ser posible (cuando el Vikingo se enamoró de María Elena, por ejemplo).
La sirvienta y el luchador narra la violencia de una sociedad que ha perdido absolutamente la libertad, la posibilidad de decidir sobre sus acciones. En un ambiente agresivo, nadie puede elegir: se deja llevar (lo que equivale, aquí, a matar: se deja matar) o actúa de forma violenta. No porque sea una defensa deja de ser terrible acabar con alguien… En ambos casos, pienso, perdemos. Porque los subversivos (me refiero siempre a la novela), los personajes que inician una revuelta contra el Estado, lo hacen en contra de las acciones de una oligarquía asesina y una sociedad que no sabe, no quiere o no puede hacerse cargo de lo que sabe que está ocurriendo… ¿Les suena de algo? Palestina, Irak, Guantánamo, Grecia…
Ningún personaje está a salvo. Las mujere siempre tienen el riesgo de ser violadas, los hombres de ser asesinados... Y sin embargo, el autor desliza de forma sutil (sutilísima, apenas perceptible) la narración de un tiempo en el que tal vez pudo ser posible (cuando el Vikingo se enamoró de María Elena, por ejemplo).
El libro de Castellanos Moya se divide en cuatro partes y un epílogo. Tiene final abierto, deja misterios que desvelar, historias esbozadas que conviene desarrollar… Esperemos el siguiente título, ya que éste forma parte de una saga que narra la vida de la familia Aragón: Donde no estén ustedes (2003), Desmoronamiento (2006), Tirana memoria (2008) y el peor título (en mi opinión): La sirvienta y el luchador… Por cierto, dense un baño de santa paciencia y estómago (o no: dejen abierto el canal de la rabia y la acción) y vean este vídeo:
Y es que yo no he dicho que la violencia, en ocasiones, no esté justificada…
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